En la mayoría de los casos, la bestia tiene cuerpo de león y cabeza,
alas, patas y garras de águila. Considerado un vástago del rey de las
bestias y el rey de las aves, el grifo era particularmente fuerte y
majestuoso.
Una leyenda asegura que Alejandro Magno (356-323 a. de C.) puso
arneses a ocho grifos y los sujetó a una cesta, que él posteriormente
empleó para volar hasta los cielos.
Al igual que los dragones, se decía que los grifos custodiaban
tesoros y eran especialmente feroces a la hora de defenderlos. Suelen
aparecer en los bestiarios y son emblemas del coraje regio, tal como
demuestra su inclusión en los escudos de armas. En la cristiandad
medieval, el hecho de combinar una bestia terrenal con un ave propició
su utilización como símbolo de las cualidades humanas y divinas de Cristo. Por esta razón, en las iglesias solían esculpirse imágenes de grifos.
Una hipótesis plantea que el origen real del grifo como criatura mitológica se encuentra en los numerosos restos fósiles de dinosaurios
pertenecientes a la familia Ceratopsidae, que se pueden encontrar en gran número en los desiertos de Asia central, especialmente Mongolia.
Los esqueletos aplastados de estos dinosaurios, de boca en forma de
pico ganchudo, amplios huesos escapulares, cola larga y patas con
pezuñas de varios dedos pueden haber dado lugar a una reinterpretación
de los dueños de esos esqueletos convirtiéndose en criaturas mitológicas
a falta de un referente real.